Infancia y exclusión: reflexiones en tiempos de inteligencia artificial

La incorporación de la tecnología en la escuela ha generado en poco tiempo importantes cambios disruptivos, que llevan a los docentes a pensar cómo integrar los recursos digitales a los procesos de enseñanza y aprendizaje y a hacer cambios metodológicos, organizativos y didácticos que logren seducir a los chicos y adolescentes. Sin embargo, esta reflexión sobre lo nuevo no puede distraernos de una grave deuda pendiente: la infancia excluida.

Una de cal y otra de arena… 

Distintos pensadores reflexionan sobre los cambios sociales que están experimentando los usuarios en el campo de la televisión, debido a un proceso de migración digital que supone el desplazamiento hacia un mundo altamente tecnificado, una nueva economía creada por las tecnologías del conocimiento que produce una nueva identidad. En ese contexto, la migración digital no se dividiría entre ricos y pobres, sino entre los que están informados y aquellos que han quedado fuera de esas tecnologías. ¿Realmente es así?
Más allá del análisis, podríamos pensar en las consecuencias educacionales y sociales que la metáfora «migración digital» esconde: una discontinuidad más profunda que los problemas acarreados por la convergencia de tecnologías. De ahí, la contraposición de dos conceptos nuevos: nativos digitales e inmigrantes digitales.
Digamos, en términos generales, que la digitalización de la cultura (especialmente la juvenil) de los últimos tiempos en los países periféricos ha producido los nativos digitales a los que hemos hecho referencia. Es decir, se trata de generaciones de chicos que han crecido inmersas en esas nuevas tecnologías. Han pasado toda su vida rodeados de computadoras, videogames y demás gadgets digitales.
Sin embargo, no se debe reducir el cambio generacional y cultural a los adornos, el lenguaje o la ropa ya que la discontinuidad que hay entre esos chicos y nosotros, los inmigrantes digitales, es de una singularidad tan radical que es difícil caracterizarla y generar de inmediato los instrumentos educativos capaces de volverla operativa.

 


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Pensemos en nuestro contexto docente: más de un maestro se encuentra en una situación paradójica porque somos una gran mayoría de inmigrantes digitales, que hablamos un idioma en vías de extinción, predigital, y le enseñamos (o tratamos de hacerlo) a una población de nativos digitales, que habla un lenguaje muy diferente del nuestro. A su vez, los nativos digitales que hacen docencia manejan muy bien el instrumento, pero muchos de ellos desconocen cómo aprovecharlo para ampliar su horizonte intelectual.
Quizás el planteo suene exagerado, pero es muy importante tomar conciencia del lugar que ocupa la escuela en esta ecuación, en la que los nativos digitales aman la velocidad informativa, hacen varias cosas al mismo tiempo, prefieren el universo gráfico al textual y eligen el acceso aleatorio e hipertextual al lineal.  También necesitan la gratificación constante y recompensas permanentes.
Es así como a los inmigrantes digitales no nos quedan muchas opciones: o aprendemos a enseñar de otra manera o va a ser imposible acallar las protestas de los chicos, cada vez más explícitas y concretas. Y la tarea es casi ciclópea porque no solamente hay que actualizarse en los contenidos de hoy sino también alfabetizarnos digitalmente, pero sin perder de vista que ni el sentido común ni las habilidades lógicas están en cuestión. Más que de temas o cuestiones, se trata de abordajes diferentes que seduzcan a los chicos y a los adolescentes.
¿El desafío? Doble: aprender contenidos nuevos y enseñar contenidos tradicionales de un modo nuevo. Y siempre teniendo en cuenta que no se trata de suplir el placer de los procesos de lectura sobre papel sino de hacerlo convivir con otros formatos.
Y en esa divisoria de aguas entre nativos e inmigrantes digitales, ¿qué lugar ocupan los miles de Juanito Laguna que andan rodando sin voz, invisibles, por las calles de la ciudad?

 

 

Niños de mil años… <nivel 1>  

 

Una escena mil veces vista: dos chicos, un nene y una nena, de seis o siete años, están haciendo torpes malabares en el subte. Son las diez de la noche y, afuera, cala la ropa un viento helado. Las bolas se empeñan en rodar bajo los asientos del vagón, y ellos insisten, desgreñados y sucios, ajenos a todo lo que no sea juntar unas moneditas. Las cuentan en un rincón. Son niños-viejos que cartonean, cirujean, reparten estampitas o abren puertas de autos, acostumbrados a defender con uñas y dientes cada baldosa de la parcela que les tocó en suerte. Son los chicos de la calle. Nadie sabe qué buscan, qué quieren o cómo sienten. Sin embargo, la sociedad los ve como potenciales delincuentes, y por lo general, terminan en distintos tipos de instituciones, castigados por ser pobres. Según UNICEF, son dos las categorías   dentro de las cuales se los puede incluir:

 

  1. Niños de la calle son aquellos que están relacionados con algún tipo de actividad económica, que va desde la mendicidad a la venta modesta. La mayoría de ellos vuelven a casa al final del día y contribuyen con sus ingresos a la economía familiar. Ocasionalmente pueden asistir a la escuela y normalmente mantienen cierto sentido de comunidad familiar. Debido a la precariedad de la situación económica familiar, estos niños pueden verse eventualmente empujados a una estancia más permanente en la calle.
  2. Niños de la calle también son aquellos que realmente viven en la calle, fuera de un medio familiar convencional. Los lazos familiares pueden existir todavía, pero son mantenidos solo ocasional o involuntariamente. Hay muchos niños así en muchas de las grandes ciudades del mundo, en especial en países en vías de desarrollo y son víctimas de abuso, negligencia y explotación.

 

En realidad, poco importa en qué categoría se los incluya porque, en ambos casos, vivir en la calle es vivir en el infierno. Una población infantil desesperada con altos niveles de depresión psíquica, adicta a pegamentos y otras drogas, un cuadro que da por tierra con todas las convicciones éticas, las creencias religiosas y morales que reclaman afecto y protección para los niños y el impacto destructivo de la pauperización y de la inequidad social. Los chicos de la calle están en situación de riesgo. Son marginados que andan deambulando por la ciudad, sin rumbo y sin destino, sistemáticamente vulnerados en sus derechos más elementales: alimentación suficiente y balanceada, salud, educación, protección, vivienda digna y medio ambiente sano.
Se impone buscar salidas a esa situación éticamente intolerable. Hay quienes muestran el camino. En la Argentina, instituciones y organizaciones no gubernamentales recorren las estaciones de trenes en el Gran Buenos Aires prestando ayuda a los niños que viven en ellas. Pero no alcanza. Se necesitan políticas públicas agresivas en este campo, el fortalecimiento de las organizaciones que ya existen y la movilización de la sociedad civil.
Sabemos que en la última década se triplicaron los niños de la calle en la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Y ese dato nos retrotrae al inicio de nuestras reflexiones para llegar a la conclusión de que la cultura digital marca una brecha que va más allá de ser digital por nacimiento o por adopción. Muestra con crudeza el grado de retroceso de nuestra sociedad, que ni siquiera es capaz de garantizar la alfabetización inicial.
No olvidemos las explosiones de euforia misionera en fechas clave como el Día del Niño, por ejemplo. Los adultos tratamos de tranquilizar nuestra conciencia atiborrando ESE domingo con mate cocido y reparto de cochecitos sin ruedas, muñecas sin pelo y zapatillas de pares diferentes en alguna parroquia o sociedad de fomento para que ningún niño se quede sin su juguete.
En esas fechas, la sensibilidad popular también se hace presente con el consabido repertorio de lugares comunes en programas ómnibus que instan a la caridad bajo el auspicio de la mayor cantidad posible de anunciantes. En esos casos, la locuacidad de los conductores se atiborra de diminutivos y se toman primeros planos de chicos sonrientes, que muestren «la dorada alegría de un niño feliz». Generosidad efímera. El lunes trae el autismo de siempre y nos hacemos los dormidos cuando los hermanitos vuelven a hacer rodar las bolas por el vagón. Y lo peor es que ellos no se van a preguntar nunca: «¿Qué hice yo para merecer esto?».

 

Quien quiera oír, que oiga… 

Atravesamos tiempos difíciles y no se avizoran soluciones efectivas, integradoras y duraderas a corto plazo. Aun así, hay esperanza porque el primer paso está dado: hemos problematizado, es decir, hemos empezado a hacer un análisis crítico de la realidad-problema. Es el primer paso de un largo camino hacia una mayor equidad social… Y es posible que estemos rodeados de respuestas, pero todavía no sabemos leerlas. Es hora de empezar. ¿Por qué no buscar algunas claves en esta breve descripción, casi, casi una fábula?

 

 

Flor urbana 

Se asoma entre el yuyal, una pincelada amarilla y verde en medio de la mugre de ese baldío urbano. Es una planta de girasol, un colono empeñado en sobrevivir en una tierra inhóspita. Inmune a la soledad, nada perturba su rito cotidiano de girar la cara hacia el sol. Y ahí está el girasol, fijo en su búsqueda de la luz primordial mientras expone a la admiración o a la indiferencia de la gente su centro oscurísimo, con reflejos de color azul intenso. El tallo verde, ligeramente ladeado, contrasta con el paisaje de neumáticos destripados y latos oxidadas. ¿Fragilidad? Resistencia del que ha sobrevivido a más de una tormenta. ¿También será aparente su soledad? Solamente para el espectador que, de tan miope, no percibe más que el trazo grueso de ese retazo de realidad. Sin embargo, nuestro girasol no está solo: una comunidad compleja trabaja a su alrededor. Hay hormigas que van y vienen, un tropel de insectos desfila por el tallo, vidas pequeñitas, casi invisibles, cuyos códigos vedan todo acceso a los intrusos como yo.
La imagen captura a la flor en su apogeo y, con ella, a la multitud de vidas que hospeda. Antes fue un capullo verde y tierno y, cuando pase el verano, va a ser puro pétalo desvaído y un puñado de semillas que los pájaros se encargarán de llevar hacia otro destino.
Pero en ese lugar lleno de basura urbana, por instinto, intuición o necesidad, el girasol sabe exactamente qué hacer, cómo vivir. A fuerza de mirar y de tozudez, no perdemos la esperanza de escuchar el mismo mandato salvador.

Disfrutá a Mercedes Sosa cantado la canción.

  • «Mercedes Sosa – Canción para un Niño en la Calle (Official Video)»

 

 

Bibliografía

  • BORDELOIS Ivonne (2006). El país que nos habla. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
  • GONZÁLEZ PARAS José Natividad. (2001). «Hacia una reforma educativa en la era digital». En Revista Iberoamericana de Educación. Nº 26. Págs. 77-96.
  • PINI Mónica E. [et.al.]. (2012). Consumos culturales digitales: jóvenes argentinos de 13 a 18 años. Buenos Aires: Educ.ar S.E.; Ministerio de Educación de la Nación.

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